Anomalías de temperatura en el océano. Imagen: Tropical Tidbits
El fenómeno de El Niño dejó de ser una posibilidad distante para convertirse en uno de los principales factores que marcarán el comportamiento climático de los próximos meses.
Durante 2026, el calentamiento del océano Pacífico ecuatorial ha avanzado con rapidez y las últimas evaluaciones internacionales apuntan hacia un escenario que hace apenas unos meses todavía parecía menos probable: un episodio de El Niño de intensidad muy fuerte durante la segunda mitad del año, con posibilidades de mantenerse hasta los primeros meses de 2027.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó el 3 de septiembre que El Niño está firmemente establecido y que las condiciones oceánicas continúan calentándose. Sus modelos indican una probabilidad cercana al 100% de que el fenómeno persista durante los períodos septiembre-noviembre de 2026 y diciembre 2026-febrero 2027.
Además, la organización prevé que El Niño continúe fortaleciéndose durante los próximos meses y alcance una intensidad muy fuerte antes de llegar a su máximo hacia finales de 2026.
Para Costa Rica, esto resulta especialmente importante porque El Niño no actúa únicamente sobre la temperatura del océano. El calentamiento modifica la circulación atmosférica, los vientos, la ubicación de las zonas de convección y, con ello, la distribución de las lluvias.
En otras palabras: el fenómeno que se observa en el Pacífico termina modificando las condiciones meteorológicas que experimentamos a miles de kilómetros de distancia.
Del calentamiento inicial a un fenómeno cada vez más definido
El desarrollo de este episodio permite observar cómo evoluciona un evento ENOS.
En abril de 2026, NOAA todavía describía condiciones de neutralidad y señalaba que El Niño tenía probabilidades de desarrollarse entre mayo y julio. En aquel momento, la probabilidad de que apareciera durante ese período era de 61%.
Para junio, las condiciones ya habían cambiado.
NOAA informó que El Niño estaba presente y que se esperaba un fortalecimiento durante el invierno del hemisferio norte de 2026-2027. El índice Niño-3.4 se encontraba alrededor de +0,7 °C, mientras que la región Niño-1+2, localizada frente a las costas de Ecuador y Perú, alcanzaba aproximadamente +2,1 °C.
Un mes después, el calentamiento era más evidente.
En julio, el índice Niño-3.4 llegó a +1,4 °C, mientras que Niño-3 alcanzó +1,7 °C y Niño-1+2 llegó a +2,9 °C. NOAA también reportó anomalías de hasta +10 °C en sectores de la subsuperficie del Pacífico ecuatorial.
La combinación de temperaturas oceánicas, cambios en los vientos y modificaciones de la circulación atmosférica confirmó que ya no se trataba solamente de un calentamiento superficial, sino de un sistema océano-atmósfera que se encontraba claramente acoplado.
Ese detalle es fundamental.
El Niño no se define simplemente porque una parte del océano esté caliente. Para hablar de un episodio establecido debe existir una interacción entre el océano y la atmósfera. Y precisamente esa interacción es la que permite que las anomalías de temperatura se traduzcan posteriormente en cambios en el clima de distintas regiones.
La señal que más preocupa: la velocidad del fortalecimiento
La evolución de los últimos meses es particularmente relevante porque el fenómeno no solamente se está manteniendo: está aumentando de intensidad.
En su evaluación de agosto, NOAA estimó una probabilidad superior al 90% de que El Niño alcanzara una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno del hemisferio norte de 2026-2027.
Pero existe un dato todavía más llamativo.
Para el trimestre octubre-diciembre de 2026, el Centro de Predicción Climática de Estados Unidos calculó una probabilidad del 69% de que el evento alcanzara una intensidad considerada histórica bajo el criterio utilizado por esa institución, es decir, que superara +2,5 °C en el índice oceánico de El Niño utilizado para evaluar la intensidad del fenómeno.
NOAA advierte, sin embargo, que una mayor intensidad del fenómeno aumenta las probabilidades de determinados impactos, pero no significa que todas las regiones vayan a experimentar necesariamente efectos extremos.
Esta distinción es importante para Costa Rica.
No sería correcto afirmar que un El Niño muy fuerte significa automáticamente una sequía extrema en todo el territorio nacional. La respuesta climática depende también de otros factores atmosféricos y oceánicos.
Lo que sí puede afirmarse es que una señal de El Niño más intensa aumenta la probabilidad de que se manifiesten con mayor claridad los patrones que históricamente se asocian con esta fase del ENOS.
¿Qué significa esto para Costa Rica?
El comportamiento de El Niño en Costa Rica tiene una característica particularmente interesante: no todo el país responde de la misma manera.
El IMN explica que, durante la fase cálida del ENOS, las alteraciones de la circulación atmosférica pueden modificar la posición de la Zona de Convergencia Intertropical y fortalecer determinados patrones de viento.
En términos generales, la señal más conocida es una reducción de las precipitaciones en buena parte del Pacífico y el Valle Central, mientras que el Caribe puede presentar un comportamiento más lluvioso.
El propio IMN señala que El Niño provoca variaciones en los patrones de lluvia, temperatura y viento, y que en Centroamérica la fase cálida tiende a reducir las precipitaciones en las regiones del Pacífico mientras puede favorecer condiciones más lluviosas en el Caribe.
Esto significa que hablar simplemente de “Costa Rica seca” sería una simplificación.
La realidad es más compleja.
Mientras Guanacaste y otras zonas del Pacífico pueden enfrentar una temporada más seca y caliente, sectores de la Vertiente del Caribe pueden experimentar un comportamiento diferente.
Guanacaste vuelve a estar entre las zonas más sensibles
Para Guanacaste, el desarrollo de un El Niño fuerte merece una atención especial.
La provincia presenta de por sí una marcada estación seca y una alta sensibilidad a las variaciones de precipitación.
El historial climático costarricense muestra que los episodios de El Niño pueden producir déficits importantes de lluvia en el Pacífico Norte. Investigaciones del propio IMN han documentado, por ejemplo, que el evento de 2015-2016 estuvo relacionado con una de las sequías más importantes registradas en el Pacífico Norte, acompañada además de temperaturas diurnas y nocturnas superiores al promedio.
El problema, por tanto, no consiste únicamente en que llueva menos durante un determinado mes.
Cuando la reducción de las precipitaciones se combina con temperaturas superiores a lo normal, aumenta la demanda de agua del suelo y de la vegetación. Los cultivos requieren más agua, los pastos pierden humedad con mayor rapidez y las fuentes de abastecimiento pueden recibir menos recarga.
Es allí donde un fenómeno climático termina convirtiéndose en un problema económico, agrícola y social.
Más calor no significa solamente “días calientes”
Otro de los efectos que merece atención es la temperatura.
El Niño modifica la circulación atmosférica y puede favorecer períodos con mayor radiación solar, menos nubosidad y temperaturas más elevadas en diferentes regiones.
En Costa Rica, la combinación de menos lluvia, mayor insolación y condiciones atmosféricas asociadas al fenómeno puede hacer que la sensación de calor aumente considerablemente.
Además, el contexto actual es diferente al de décadas anteriores.
El planeta se encuentra en un escenario de calentamiento global y las temperaturas de fondo son más altas que en buena parte del registro histórico utilizado para comparar los fenómenos.
Esto no significa que el cambio climático “cause” El Niño. El Niño es un fenómeno natural de variabilidad climática.
Lo que cambia es el contexto sobre el cual ocurre.
La OMM advierte que un El Niño muy fuerte puede alterar significativamente los patrones de temperatura y precipitación a escala mundial y favorecer condiciones meteorológicas extremas. Al mismo tiempo, la organización subraya que la intensidad del fenómeno no determina por sí sola la magnitud de los impactos en cada región.
El agua se convierte en uno de los principales puntos de vigilancia
Para Costa Rica, uno de los temas que podría adquirir mayor importancia durante los próximos meses será la disponibilidad de agua.
La relación entre El Niño, precipitación y recursos hídricos no es inmediata ni uniforme. Depende de cuánto dure el período seco, de la cantidad de lluvia acumulada, de las temperaturas, del estado de los suelos y de las condiciones previas de las cuencas.
Por eso, una temporada con déficit de lluvia no necesariamente produce una crisis hídrica inmediata.
El riesgo aumenta cuando el déficit se prolonga.
En ese escenario, pueden aparecer consecuencias en el abastecimiento para consumo humano, agricultura, ganadería, generación hidroeléctrica y ecosistemas.
El sector agropecuario también queda expuesto porque la combinación de menor precipitación y mayor temperatura puede aumentar las necesidades de riego y reducir la disponibilidad de agua para animales y cultivos.
El propio IMN ha estudiado la relación entre ENOS, agricultura y seguridad alimentaria, particularmente en cultivos como arroz, frijol y maíz.
El Caribe podría vivir una historia diferente
Uno de los errores más frecuentes al hablar de El Niño es asumir que sus efectos son iguales en todo Costa Rica.
No lo son.
La configuración atmosférica asociada con el fenómeno puede favorecer condiciones más lluviosas en la Vertiente del Caribe.
Esto genera una paradoja climática: mientras algunas regiones pueden experimentar déficit de lluvia y calor, otras pueden recibir episodios de precipitación superiores al promedio.
El IMN ha documentado históricamente este contraste y señala que durante El Niño el Pacífico y el Valle Central presentan una mayor probabilidad de condiciones secas, mientras que el Caribe puede presentar una señal más húmeda.
Por eso, un fortalecimiento de El Niño no debe interpretarse como una garantía de que desaparecerán las lluvias del país.
El fenómeno redistribuye probabilidades y modifica patrones.
Incluso en una temporada dominada por El Niño pueden presentarse eventos de lluvia intensa.
¿Significa esto que no habrá eventos extremos?
No.
Y esta es probablemente una de las aclaraciones más importantes.
El Niño modifica el escenario climático, pero no elimina todos los demás mecanismos capaces de producir lluvias intensas, tormentas, inundaciones o deslizamientos.
Un país como Costa Rica puede experimentar simultáneamente una tendencia general hacia condiciones más secas en una región y episodios de lluvia intensa de corta duración.
La diferencia está en el comportamiento acumulado de la temporada.
Por eso, para las autoridades y los sectores productivos no basta con preguntar cuánto lloverá en un día determinado. También es necesario observar cómo evoluciona el acumulado de semanas y meses.
El escenario internacional también es relevante
El Niño es un fenómeno global.
La OMM señala que un episodio muy fuerte puede modificar los patrones de temperatura y precipitación en diferentes regiones del planeta y aumentar el riesgo de fenómenos meteorológicos extremos.
El calentamiento del Pacífico también puede influir en la circulación atmosférica de regiones alejadas del océano donde se origina el fenómeno.
Esto significa que los próximos meses no solamente serán relevantes para Centroamérica.
Agricultura, disponibilidad de agua, incendios forestales, calor extremo y precipitaciones intensas son algunos de los sectores que los organismos internacionales mantienen bajo vigilancia.
La OMM ha señalado que, debido al fortalecimiento previsto, los servicios meteorológicos e hidrológicos nacionales están incrementando sus medidas de preparación y sistemas de alerta temprana.
¿Hasta cuándo podría durar?
Por ahora, el escenario internacional apunta a una permanencia prolongada.
La OMM estima una probabilidad cercana al 100% de que El Niño continúe durante septiembre-noviembre de 2026 y diciembre 2026-febrero 2027.
La organización prevé además que el fenómeno alcance su máxima intensidad hacia finales de 2026.
Esto no significa que el impacto climático vaya a permanecer igual durante todos esos meses.
Los efectos pueden cambiar conforme evoluciona el fenómeno y conforme interactúa con otros patrones atmosféricos.
Tampoco significa que el fenómeno vaya a continuar indefinidamente.
Los modelos actuales simplemente muestran una probabilidad extraordinariamente alta de persistencia durante los períodos señalados.
Lo que viene después también merece atención
Una vez que El Niño alcance su máxima intensidad comenzará otra etapa de vigilancia: cómo y cuándo se debilitará.
El comportamiento posterior de un episodio de El Niño puede ser importante porque la transición hacia condiciones neutrales o eventualmente hacia La Niña puede modificar nuevamente los patrones de lluvia.
Sin embargo, a septiembre de 2026 sería prematuro afirmar que Costa Rica necesariamente pasará de este El Niño a una La Niña determinada.
Los modelos pueden ofrecer señales a meses de distancia, pero la confianza disminuye conforme aumenta el horizonte de pronóstico.
Por ahora, el escenario que cuenta con mayor respaldo científico es mucho más concreto: El Niño está establecido, continúa fortaleciéndose y tiene una probabilidad cercana al 100% de persistir hasta comienzos de 2027.
El verdadero riesgo para Costa Rica está en la acumulación
Más que preguntarnos si El Niño provocará “una gran sequía”, la pregunta correcta para Costa Rica es cómo se acumularán sus efectos.
Un déficit de lluvia aislado puede ser manejable.
Un período seco prolongado, acompañado de temperaturas elevadas, mayor evaporación, menor disponibilidad de agua, presión sobre los cultivos y deterioro de las condiciones del suelo es un escenario mucho más complejo.
Lo mismo ocurre con el Caribe: una mayor señal lluviosa no significa que cada día será lluvioso ni que desaparecerá el riesgo de sequía temporal.
El clima no funciona como un interruptor.
El Niño modifica las probabilidades.
Y cuanto más fuerte sea la señal, mayor importancia adquiere monitorear cómo esas probabilidades se manifiestan en cada región.
La fotografía actual
Al 8 de septiembre de 2026, la evidencia disponible permite establecer cinco conclusiones principales.
Primero, El Niño ya está establecido y no se encuentra en una etapa incipiente.
Segundo, el Pacífico ecuatorial continúa calentándose y las condiciones océano-atmósfera muestran un fortalecimiento claro.
Tercero, los principales organismos internacionales anticipan que el fenómeno alcanzará una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026.
Cuarto, existe una probabilidad cercana al 100% de que permanezca durante los últimos meses de 2026 y el inicio de 2027.
Y quinto, para Costa Rica el impacto más relevante no será necesariamente un único evento extremo, sino la posibilidad de una temporada prolongada con cambios en las lluvias, temperaturas más altas y mayor presión sobre el recurso hídrico, particularmente en las regiones donde la señal seca de El Niño es históricamente más marcada.
La siguiente actualización de NOAA está prevista para el 10 de septiembre. Ese informe será particularmente importante porque permitirá determinar si los indicadores observados durante agosto y los primeros días de septiembre confirman la aceleración que ya anticipan la OMM y los modelos internacionales.
Por ahora, la señal es clara: el El Niño de 2026 no se está debilitando.
Está entrando en la etapa en la que sus efectos climáticos pueden adquirir mayor relevancia.
Y para Costa Rica, especialmente para el Pacífico Norte, la disponibilidad de agua y las actividades agrícolas, los próximos meses serán un período que deberá vigilarse no solo por cuánto llueve, sino por cuánto tiempo puede mantenerse el déficit y cómo se comportarán las temperaturas.
Esta nota fue elaborada por Gabriel Angulo, para NAICR. Fuentes: Organización Meteorológica Mundial (OMM), Climate Prediction Center/NOAA, Instituto Meteorológico Nacional (IMN) y documentación climática oficial de Costa Rica.




