Servicio Geológico de los Estados Unidos
Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió Colombia durante la mañana del 10 de agosto de 2026. El Servicio Geológico Colombiano (SGC) ubicó su epicentro en San José del Palmar, Chocó, a unos 103 kilómetros de profundidad, y lo catalogó como el evento de mayor magnitud registrado instrumentalmente en territorio colombiano durante el siglo XXI.
El movimiento volvió a colocar sobre la mesa un concepto que aparece frecuentemente después de grandes terremotos o erupciones volcánicas: el Cinturón de Fuego del Pacífico.
Costa Rica, Colombia, México, Chile, Japón, Indonesia y otros países separados por miles de kilómetros comparten algo bajo sus territorios o frente a sus costas: se encuentran próximos a algunos de los límites de placas tectónicas más activos del planeta.
Pero ¿qué es exactamente el Cinturón de Fuego? ¿Por qué concentra tantos terremotos? ¿Qué tiene que ver el sismo colombiano con la geología de Costa Rica? ¿Significa que un terremoto en un país puede “activar” otro al otro extremo del Pacífico?
En este Explicador de A Fondo, NAICR revisa qué dice la geología.
El Cinturón de Fuego no es realmente un “anillo”
Su nombre puede generar una imagen equivocada.
El Cinturón de Fuego del Pacífico no es una enorme grieta circular que rodea el océano, tampoco una única falla y mucho menos una estructura que se activa al mismo tiempo.
Se trata de un extenso conjunto de límites entre placas tectónicas, fosas oceánicas, zonas de subducción, arcos volcánicos y fallas distribuidos alrededor de buena parte de la cuenca del océano Pacífico.
El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) lo describe como la zona circumpacífica donde la placa del Pacífico y numerosas placas vecinas interactúan. Es considerada la región de mayor actividad sísmica y volcánica del mundo.
Su forma se asemeja más a una herradura gigantesca que a un círculo cerrado. Una publicación científica del USGS estima su extensión en aproximadamente 40.000 kilómetros.
En términos generales, el cinturón recorre las costas occidentales de América del Sur y Centroamérica, continúa por México y Norteamérica hacia Alaska y las islas Aleutianas, y luego desciende por el otro lado del Pacífico a través de regiones como Japón, Filipinas, Indonesia y el suroeste del océano.
Cerca del 90% de los terremotos ocurre alrededor del Pacífico
La magnitud de la actividad tectónica de esta zona puede dimensionarse con un dato: de acuerdo con información educativa del USGS, alrededor del 90% de los terremotos del mundo ocurre en el cinturón sísmico que rodea el océano Pacífico.
Eso no quiere decir que el resto del planeta sea geológicamente estable.
Existen otras regiones sísmicas importantes, como el cinturón Alpino-Himalayo, que se extiende desde el Mediterráneo hacia Turquía, Irán y el norte de India, además de numerosas fallas y dorsales oceánicas fuera del Pacífico.
Pero ninguna otra región combina una concentración comparable de grandes terremotos, volcanes, profundas fosas oceánicas y zonas de subducción.
La explicación está en el movimiento permanente de las placas tectónicas.
La Tierra está dividida en enormes piezas que nunca dejan de moverse
La capa exterior rígida de la Tierra no forma una sola pieza.
Está fragmentada en placas tectónicas que pueden abarcar océanos y continentes completos. Aunque desde nuestra escala humana parecen completamente inmóviles, estas estructuras se desplazan continuamente a velocidades que normalmente se miden en centímetros por año.
En algunos lugares las placas se separan; en otros se deslizan lateralmente entre sí y, en muchos sectores del Cinturón de Fuego, chocan.
Cuando una placa oceánica más densa se encuentra con otra placa, puede comenzar a hundirse debajo de ella hacia el manto terrestre. Ese proceso recibe el nombre de subducción.
El movimiento ocurre lentamente, pero no siempre de manera uniforme.
Sectores del contacto entre placas pueden quedar temporalmente trabados por la fricción mientras las placas continúan intentando desplazarse.
La deformación y la tensión se acumulan durante años, décadas o incluso siglos.
Cuando las rocas ya no pueden soportar esa tensión, ocurre una ruptura y la energía almacenada se libera en forma de ondas sísmicas.
Eso es un terremoto.
¿Por qué también hay tantos volcanes?
La palabra “fuego” proviene precisamente de la extraordinaria concentración de volcanismo alrededor del Pacífico.
Pero existe otra confusión frecuente: la placa que se hunde no simplemente se derrite como si entrara en una enorme piscina de magma.
A medida que una placa oceánica desciende, minerales y rocas que contienen agua liberan fluidos debido al incremento de presión y temperatura. Esos fluidos modifican las condiciones del manto ubicado encima de la placa y favorecen su fusión parcial.
El magma resultante es menos denso y puede ascender lentamente hacia la superficie. Con el tiempo, ese proceso forma cadenas de volcanes paralelas a las zonas de subducción.
De allí que terremotos y volcanes aparezcan con tanta frecuencia en las mismas grandes regiones tectónicas.
Pero compartir un origen geodinámico no significa que cada terremoto produzca una erupción.
Colombia: la placa de Nazca se hunde bajo Sudamérica
El terremoto registrado esta semana ofrece un ejemplo particularmente claro.
Colombia se encuentra en una región tectónicamente compleja donde interactúan las placas de Nazca, Sudamérica y Caribe, además de bloques tectónicos menores. El propio Servicio Geológico Colombiano describe el noroccidente de Sudamérica como una zona de intensa deformación.
Frente a la costa del Pacífico colombiano, la placa oceánica de Nazca avanza hacia el continente y se introduce debajo de la placa Sudamericana.
El SGC estima un movimiento convergente de aproximadamente 54 milímetros por año en este sistema.
Cinco centímetros por año pueden parecer insignificantes.
Pero desde la perspectiva geológica son suficientes para desplazar continentes, levantar cordilleras, formar volcanes y acumular cantidades enormes de energía en los límites de las placas.
Investigaciones publicadas por el propio SGC señalan que la placa de Nazca subduce bajo Colombia y Ecuador a lo largo del Pacífico, una zona en la que históricamente han ocurrido grandes terremotos.
¿Qué ocurrió en el terremoto de Chocó?
El sismo del 10 de agosto ocurrió a las 7:34 a. m., tuvo una magnitud de 7,4 y una profundidad revisada oficialmente de 103 kilómetros, con epicentro en San José del Palmar, Chocó.
Según el SGC, el terremoto fue percibido ampliamente debido principalmente a su elevada magnitud, pese a tratarse de un evento profundo.
La entidad explicó que en esa región los terremotos están asociados al proceso de subducción de la placa de Nazca debajo de Sudamérica.
Hasta el mediodía del día del terremoto, el organismo había identificado 18 réplicas, con magnitudes entre 1,4 y 4,8, concentradas en San José del Palmar y Sipí.
El SGC también informó que más de 12.000 personas de unos 900 centros poblados reportaron haber sentido el movimiento, incluso con registros provenientes de Panamá y Venezuela.
Magnitud e intensidad no significan lo mismo
El terremoto colombiano permite explicar otra diferencia importante.
La magnitud mide el tamaño físico del terremoto y la energía liberada en su fuente. Para un mismo terremoto existe una magnitud determinada mediante cálculos sismológicos.
La intensidad, en cambio, describe los efectos observados en diferentes lugares: cómo lo sintieron las personas, cómo se movieron objetos, qué ocurrió con las construcciones o qué cambios produjo en el entorno.
Por eso un mismo terremoto puede tener magnitud 7,4 y, al mismo tiempo, producir intensidades diferentes dependiendo de la ciudad o comunidad.
En Colombia, el SGC reportó una intensidad máxima de 7 en la escala EMS-98, correspondiente a efectos capaces de producir daños severos en determinadas condiciones.
Distancia al epicentro, profundidad, tipo de suelo y características de las edificaciones influyen en cómo se experimenta el movimiento en la superficie.
¿Y qué tiene que ver Costa Rica?
Costa Rica forma parte del mismo gran contexto tectónico circumpacífico, pero no funciona exactamente con las mismas placas que Colombia.
En buena parte del territorio costarricense, el proceso dominante es la subducción de la placa del Coco por debajo de la placa Caribe, que comienza frente a la costa del Pacífico en la Fosa Mesoamericana.
La Red Sismológica Nacional (RSN) explica que la frecuente actividad sísmica costarricense responde a la interacción de las placas del Coco, Caribe y Nazca, además de sistemas de fallas locales.
Un ejemplo reciente ocurrió el 15 de abril de 2026 frente a Guanacaste.
La RSN determinó que un sismo de magnitud Mw 5,7 ocurrió cerca de la Fosa Mesoamericana y estuvo relacionado con el contacto entre las placas del Coco y Caribe. La misma institución recuerda que el terremoto de Nicoya de magnitud 7,6 del 5 de setiembre de 2012 es uno de los principales ejemplos recientes del potencial de este sistema.
Costa Rica y Colombia, por tanto, comparten una característica: ambos territorios reciben los efectos de placas oceánicas que convergen con otros bloques tectónicos en el borde oriental del Pacífico.
Sin embargo, el mecanismo específico y las placas involucradas cambian de una región a otra.
En Colombia domina en su costa pacífica la relación Nazca-Sudamérica.
En Costa Rica, la protagonista principal frente al Pacífico es la placa del Coco.
Entonces, ¿el terremoto de Colombia puede provocar uno en Costa Rica?
Aquí aparece uno de los mitos más frecuentes después de un gran terremoto.
Que dos países pertenezcan al Cinturón de Fuego no significa que estén conectados como fichas de dominó.
Un terremoto en Colombia no constituye por sí mismo una señal de que otro vaya a producirse próximamente en Costa Rica, Japón, México o Chile.
Los grandes terremotos pueden modificar esfuerzos y, en determinadas circunstancias, desencadenar actividad sísmica en zonas relativamente distantes mediante el paso de ondas sísmicas. Sin embargo, el USGS explica que, cuando se comparan eventos separados por miles de kilómetros, no existe una transferencia eficiente de esfuerzos que permita afirmar que un terremoto en un país “activó” otro al otro extremo de una placa.
En otras palabras: Colombia y Costa Rica son sísmicos por la misma gran razón —la tectónica de placas—, pero eso no convierte cada terremoto en parte de una reacción en cadena.
¿El terremoto colombiano activó el volcán Puracé?
Tampoco.
La coincidencia temporal entre el fuerte terremoto y la actividad del volcán Puracé, que permanece en alerta Naranja, provocó publicaciones en redes sociales que relacionaban ambos fenómenos.
El Servicio Geológico Colombiano tuvo que salir a aclararlo expresamente: no existe relación entre el terremoto de San José del Palmar y la actividad actual del Puracé.
La aclaración ilustra un principio fundamental.
Terremotos y volcanes pueden compartir un contexto tectónico regional, pero eso no significa que dos eventos cercanos en el tiempo estén necesariamente conectados.
Determinar una relación requiere evidencia geofísica concreta, no simplemente que ambas cosas hayan ocurrido durante las mismas horas o días.
¿Todos los grandes terremotos del Cinturón de Fuego generan tsunamis?
No.
Para que un terremoto genere un tsunami importante deben coincidir varias condiciones.
El evento suele necesitar ocurrir bajo el océano o muy cerca de él, tener suficiente magnitud, ser relativamente superficial y provocar un desplazamiento significativo y rápido del fondo marino.
Los terremotos de tipo inverso o de cabalgamiento en las zonas de subducción son especialmente capaces de generar grandes tsunamis cuando producen movimiento vertical del lecho oceánico.
Por eso no basta con leer que ocurrió un sismo de magnitud 7 o incluso superior para concluir automáticamente que existe peligro de tsunami.
Profundidad, ubicación y mecanismo de ruptura importan.
¿Por qué no se puede saber cuándo será el próximo?
Porque identificar zonas sísmicas no equivale a predecir terremotos.
Los científicos conocen con bastante precisión cuáles regiones acumulan deformación, dónde se encuentran las principales fallas y qué áreas históricamente han producido grandes eventos.
Incluso pueden elaborar modelos probabilísticos de amenaza a mediano y largo plazo.
Lo que no pueden hacer actualmente es determinar con precisión la fecha, hora, lugar y magnitud del próximo gran terremoto.
Tanto el Servicio Geológico Colombiano como el USGS recalcan que no existe un método científicamente comprobado para predecir terremotos de esa manera.
Lo mismo ha señalado reiteradamente la Red Sismológica Nacional para Costa Rica: el país es sísmicamente activo y eventualmente volverán a producirse movimientos importantes, pero no es posible establecer de antemano cuándo ocurrirán.
Vivir en el Cinturón de Fuego no significa vivir esperando una catástrofe
El concepto de Cinturón de Fuego puede sonar amenazante, pero desde la gestión del riesgo hay una diferencia fundamental entre amenaza y desastre.
La actividad tectónica no puede detenerse.
Tampoco es posible evitar que las placas continúen desplazándose o impedir un terremoto.
Lo que sí puede modificarse es la vulnerabilidad: la calidad de las construcciones, el cumplimiento de códigos sísmicos, el ordenamiento territorial, la preparación de la población, las rutas de evacuación, los sistemas de alerta y la capacidad de respuesta de las instituciones.
La geología explica por qué países como Colombia y Costa Rica tiemblan.
La ingeniería, la planificación y la prevención determinan en gran medida cuánto daño puede causar ese movimiento cuando finalmente ocurre.
El terremoto de magnitud 7,4 registrado en Colombia recuerda precisamente esa realidad: debajo de América existe una maquinaria tectónica que trabaja permanentemente a velocidades casi imperceptibles para una persona, pero capaz de liberar en segundos energía acumulada durante años.
El Cinturón de Fuego no se “encendió” esta semana.
Nunca está apagado.
Lo que ocurre es que normalmente sus movimientos suceden demasiado lentamente, demasiado profundo o con magnitudes demasiado pequeñas para que podamos percibirlos.
Y cuando un gran terremoto vuelve a hacerlo visible, la ciencia permite entender algo esencial: no se trata de fenómenos aislados ni misteriosos, sino de la consecuencia de un planeta que continúa geológicamente activo.
Este articulo fue elaborado por Gabriel Angulo para NAICR.