El primer día del debate general de la 81.ª Asamblea General dejó una pregunta difícil de esquivar: ¿puede Naciones Unidas recuperar la confianza si no consigue demostrar que sus acuerdos se traducen en resultados fuera de sus salones?
La 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas comenzó este 22 de septiembre en Nueva York bajo un lema que, por sí solo, resume buena parte de las dificultades que enfrenta el sistema internacional: “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: una Naciones Unidas que cumpla para todos”.
En la mañana podía parecer simplemente otro lema diplomático. Después de la primera jornada, resulta más difícil verlo de esa manera.
El presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, colocó precisamente la confianza en el centro de su discurso inaugural. Su planteamiento fue directo: fuera de las paredes de Naciones Unidas, las personas no se preguntan si la organización todavía existe, sino si funciona.
Esa diferencia es fundamental.
Porque la existencia de una institución internacional no garantiza por sí misma que esa institución esté respondiendo adecuadamente a los problemas para los que fue creada.
La confianza no se recupera con discursos
Rahman planteó tres caminos para recuperar la confianza: reconocer con realismo dónde están las deficiencias, emprender reformas profundas y hacer que el trabajo de Naciones Unidas sea más inclusivo. También vinculó esa confianza con la capacidad de actuar frente a conflictos, derechos humanos, cambio climático y los desafíos tecnológicos.
El planteamiento tiene una consecuencia evidente: la confianza internacional no puede depender únicamente de lo que los gobiernos digan dentro de la Asamblea General.
Debe observarse en lo que hacen después.
Un compromiso climático adquiere valor cuando se convierte en políticas públicas y reducción verificable de emisiones. Una declaración sobre derechos humanos adquiere peso cuando esos derechos son protegidos en la práctica. Una resolución relacionada con un conflicto importa cuando contribuye a detener la violencia, proteger a civiles o abrir espacios reales para la diplomacia.
El desafío, entonces, no es solamente alcanzar acuerdos. Es conseguir que esos acuerdos sobrevivan al momento político en el que fueron anunciados.
El último discurso de Guterres deja otra señal
La jornada también tuvo un componente simbólico: António Guterres se dirigió por última vez a la Asamblea General como secretario general antes de concluir su mandato el próximo 31 de diciembre.
Su intervención volvió sobre varios de los problemas que precisamente explican el lema de esta sesión.
Guterres pidió una mayor gobernanza internacional de la inteligencia artificial, llamó a detener los conflictos y defendió una mayor acción frente al cambio climático. También sostuvo que las instituciones internacionales necesitan reformas para responder a un mundo diferente al que existía cuando fueron creadas.
La inteligencia artificial ocupa aquí un lugar particularmente importante.
La transformación tecnológica avanza con una velocidad que dificulta que los gobiernos, las leyes y las instituciones internacionales reaccionen al mismo ritmo. Naciones Unidas ha comenzado a discutir mecanismos internacionales para gestionar sus riesgos, pero la dificultad está precisamente en construir reglas que sean aceptadas y aplicadas por países con intereses económicos, tecnológicos y estratégicos muy diferentes.
Ese es, probablemente, uno de los mejores ejemplos de lo que significa “gestionar la transformación”.
No se trata de detener el cambio tecnológico. Se trata de conseguir que el cambio no avance más rápido que nuestra capacidad para establecer responsabilidades, límites y mecanismos de protección.
¿Qué tendrían que hacer los países?
El lema de esta Asamblea General no puede cumplirse únicamente desde Nueva York.
Los gobiernos tienen que trasladar los compromisos internacionales a sus propias instituciones, presupuestos, leyes y políticas públicas. También necesitan proporcionar información que permita comprobar qué se ha cumplido y qué continúa pendiente.
Para Naciones Unidas, esto supone otro desafío: demostrar que sus mecanismos pueden producir resultados concretos y que las reformas institucionales no se limitan a reorganizar estructuras.
El propio presidente de la Asamblea General advirtió que modificar presupuestos, fusionar organismos o reducir duplicaciones puede ser necesario, pero no suficiente. Su argumento apunta a una reforma más profunda de la organización.
Y aquí aparece una dificultad que no puede ignorarse: Naciones Unidas depende de sus Estados miembros.
La organización puede convocar, negociar, establecer marcos, coordinar ayuda, promover normas y generar espacios de diálogo. Pero buena parte de la ejecución depende finalmente de los gobiernos.
Por eso, cuando el sistema internacional falla, la responsabilidad no puede analizarse únicamente desde la institución que tiene su sede en Nueva York.
Un mundo que cambió más rápido que sus instituciones
La discusión ocurre en un contexto internacional marcado por conflictos, tensiones geopolíticas, cambio climático, desigualdad y una transformación tecnológica acelerada. La propia ONU ha colocado estos asuntos entre las prioridades de la actual Semana de Alto Nivel.
Y precisamente por eso el concepto de “restaurar la confianza” adquiere mayor relevancia.
La confianza internacional no significa que todos los países tengan que pensar igual.
Significa que, aun teniendo intereses diferentes, puedan confiar en determinados mecanismos para negociar, resolver disputas, cumplir acuerdos y respetar reglas comunes.
El problema aparece cuando esas reglas son percibidas como aplicables para unos y no para otros. El presidente de la Asamblea General señaló precisamente que los principios del multilateralismo, el derecho internacional, el derecho internacional humanitario, la protección de civiles y el acceso humanitario no pueden aplicarse selectivamente si se pretende recuperar la confianza.
Ese planteamiento toca uno de los problemas más difíciles del sistema internacional: la distancia entre los principios que los Estados proclaman y la manera en que esos mismos principios son aplicados cuando entran en conflicto con sus intereses.
La verdadera prueba todavía no ocurre
La primera jornada del debate general terminó este martes, pero la Asamblea está lejos de haber concluido su trabajo.
El debate general continuará hasta el 28 de septiembre, mientras que durante esta semana también están previstas reuniones de alto nivel sobre cambio climático, transición justa, aumento del nivel del mar, preparación frente a pandemias y otros asuntos internacionales.
Por eso, todavía es demasiado pronto para medir el resultado de esta Asamblea.
La prueba más importante llegará después.
Cuando los presidentes regresen a sus países, cuando las cámaras de televisión se retiren de Nueva York y cuando las declaraciones de esta semana dejen de ocupar los titulares, quedará una pregunta mucho más concreta: ¿qué cambió?
Si el resultado son únicamente nuevos discursos, declaraciones y compromisos sin mecanismos de seguimiento, el lema habrá quedado reducido a una frase institucional.
Si, por el contrario, los países consiguen convertir parte de esos compromisos en acciones verificables, cooperación efectiva y reformas capaces de responder a los problemas actuales, entonces la discusión sobre recuperar la confianza tendrá un significado diferente.
La ONU no puede resolver por sí sola los problemas del mundo. Tampoco puede sustituir a los gobiernos nacionales.
Pero sí puede ofrecer algo que continúa siendo difícil de reemplazar: un espacio en el que prácticamente todos los Estados puedan sentarse a negociar bajo unas mismas reglas.
El desafío de esta 81.ª Asamblea General será demostrar que ese espacio todavía puede producir resultados.
Porque la confianza internacional no se recupera simplemente declarando que es necesaria.
Se recupera cuando los compromisos se cumplen, cuando las reglas se aplican y cuando las instituciones consiguen demostrar, con hechos, que todavía pueden responder a un mundo que cambió.
Este artículo representa la opinión del editor y no de este medio de comunicación. Este artículo de opinión fue elaborado por Gabriel Angulo para NAICR.




